Asociación Civil - Resolución 000761 IGJ

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Texto de la disertación de Mariano Bergés en el marco de la Cumbre Social del Mercosur

Julio 2010

Buenas tardes.

Agradezco profundamente la invitación que se ha formulado a la Asociación Civil Salvemos al fútbol, para que uno de sus representantes brinde a la audiencia sus pareceres sobre el tan importante, vigente e interesante tema Ley y Deporte.

Mucho más cuando, como en el caso, luego de varios días de talleres y trabajo conjunto con integrantes de otras organizaciones, nacionales y extranjeras, se  extraerán conclusiones que serán sugeridas como curso de acción para su implementación, a los máximos dignatarios de los países del MERCOSUR.

Como dato liminar, aclaramos que la participación en este Foro de la entidad Salvemos al fútbol, ha sido provocada, indudablemente, a partir de la militancia y experiencia adquirida por sus integrantes en la problemática de violencia y corrupción en el fútbol, razón por la cual cabe como disgresión hacer hincapié en ello, porque es  el tema que más conocemos, sin perjuicio de ir volcando otras precisiones con el objeto de crear conciencia, y trasmitir conceptos que permitan encontrar respuestas y construir soluciones frente a la temática en cuestión, de ser posible consensuadas con el resto de las organizaciones.

Considerando la importancia atribuida al deporte en la sociedad contemporánea, la pretensión es someter a la discusión las probables relaciones entre el deporte y la humanización de la vida. Para ello, puede escogerse como base de estudio, la historia de los procesos de desarrollo humano, así como las relaciones entre deporte y salud, y también la violencia en el deporte, proponiendo, como corolario, la estructuración de un movimiento que se encamine a la democratización del deporte, y que tenga como bases principales: construir un mundo justo; defender lo público de la agresión y apropiación privada; ofrecer seguridad y una vida sustentable a la gente; frenar la mercantilización y la corrupción; y asegurar con el liderazgo de las organizaciones colectivas sociales, a las instituciones democráticas, con especial referencia al rescate y humanización de la vida.

 

Nos preguntamos, como lo han hecho en los últimos tiempos científicos de distintas especialidades, si los procesos del perfeccionamiento de la vida, la aptitud deportiva y la salud, corresponden básicamente al orden individual y al desarrollo de capacidades personales, o dependen esencialmente de los procesos colectivos y de la construcción de un nuevo orden social.

A su vez, en el marco del interrogante anterior: si la competencia deportiva es la que resume la máxima indicación del buen deporte y del cumplimiento de metas nacionales para la educación física y el perfeccionamiento de las disciplinas del movimiento humano, o acaso son otras las indicaciones sustanciales.

 

Cada una de esas preguntas apunta hacia dimensiones diferentes del análisis:

La primera se refiere a los desafíos de construcción interna de estas disciplinas, sus matrices conceptuales, su método y elementos instrumentales; mientras que la segunda se abre hacia la politicidad externa de esas disciplinas.

 

El debate sobre si son las acciones individuales o los procesos colectivos, los que tienen el mayor peso para definir la vida humana y social, viene de antaño.

No sólo en el campo del deporte se ha discutido si el camino para el avance son las acciones de desarrollo de excelencia individual, de auspicio privado a élites bien dotadas, o si son -por el contrario- los programas de desarrollo colectivo los que posibilitan el avance sustentable. También en la salud se discute si es la sofisticación y ampliación de la medicina clínica el camino, o si por el contrario es la expansión de una medicina social o pública, la base de una buena salud.

Pues bien, hasta décadas anteriores podría decirse que había algún margen de viabilidad para el camino liberal del desarrollo, pero, en la era actual, la imposición del neoliberalismo económico y de su soporte ideológico, han extremado la inequidad social. A tal punto, que han tornado evidente la inviabilidad de la vía liberal.

Es en este terreno, que también se observa un acceso decreciente de los pobres a los bienes y recursos de los que se requiere para una práctica deportiva adecuada, y se da la hiriente evidencia del abismo que existe entre las enormes ganancias y privilegios deportivos de élites minúsculas y la exclusión masiva de los pobres, que apenas arrancan unos minutos de ocio deportivo de mala calidad a sus diarios padecimientos.

 

Hay mucho para decir al respecto, pero aquí cabe destacar dos hechos vinculados a la vida deportiva: primero, el impacto de esta forma de acumulación en el estado de salud de la población; y segundo, el papel del espectáculo deportivo en la expansión y reproducción de las formas más agresivas de acumulación de capital.

La agresión de la que se viene hablando, por su gravedad –entre otras razones- fue  advertida por distintas entidades.

Un reporte de las Naciones Unidas, del año 2005,  acepta que, si bien hay un supuesto debate sobre el papel del ajuste económico en el problema, se ha producido un dramático incremento de la inequidad social entre y dentro de los países; hay un desempleo en constante aumento; millones de trabajadores con salarios de miseria; aumento de desigualdades en salud y educación; expansión de la inseguridad y violencia; y recrudecimiento de las desventajas de los pueblos, de los adultos mayores, de los jóvenes y de los discapacitados. La Organización Mundial de la Salud, en un informe sobre las metas de salud del milenio, reconoció el deterioro de la salud colectiva.

 

En segundo término, la reflexión sobre la política neoliberal permite también explicar una característica histórica del modelo de acumulación actual, que tiene relación con el tipo de expansión que ocurre con el  negocio de los espectáculos deportivos, y la vorágine actual de lucro del sistema. Su ritmo vertiginoso de crecimiento, empuja a la ruptura de barreras territoriales e incrementa la necesidad de apropiarse de los recursos en territorios ajenos, entre ellos los humanos. Prueba clara de ello, la tenemos con la explotación de personas en fábricas, emplazadas por multinacionales del calzado deportivo, en países marginales.

Se ha definido la palabra deporte,  como “la utilización lúdica, intencional y normada del cuerpo”. Y también, que la frecuencia de dicha práctica aumenta cuando se pasa de las clases populares hacia las más pudientes. También es dable destacar, que lo que sucede ahora bajo la mercantilización y monopolización extrema del deporte, es que esta transformación por el negocio del espectáculo, modifica radicalmente el contenido y las modalidades de la práctica del deporte, pero no sólo en el sentido de acentuar las diferencias de clase, sino en el de revolucionar el sentido mismo del deporte convirtiéndolo en herramienta de acumulación de capital y despojo de bienes nacionales, como asimismo en un instrumento de hegemonía.

En este sentido, la subordinación del Estado al mercado, trajo como consecuencia la reducción del apoyo estatal a la esfera del deporte y la lógica subordinación de los deportistas a los subsidios privados y al control monopólico de grandes empresas, que liga el éxito con la competencia y la acumulación de riqueza.

Desde esta perspectiva, ni el olimpismo se ha librado de la ofensiva capitalista. No sólo su inscripción en una lógica lucrativa, sino además en el empleo de mecanismos de utilización de figuras desprendidas de sus equipos nacionales para convertirlas en deportistas mercenarios. Lo que podríamos denominar como la compra de atletas, es una nueva y peligrosa manifestación del deterioro de la concepción deportiva y del propio ideal del olimpismo.

En síntesis, el escenario global no es el mejor para el proyecto humano y el desarrollo deportivo integral, porque gira alrededor de una extrema mercantilización de la vida y la transformación violenta de los derechos humanos, sociales y culturales, en mercancías.

No obstante ello, si bien las evidencias de los efectos negativos perfilan un escenario complejo y lleno de obstáculos para el trabajo de desarrollo deportivo -porque el deterioro está ligado indudablemente al estrés, desnutrición y enfermedades-, nuestro norte siempre debe estar en el optimismo y la lucha por lograr mejoras sustanciales.

De ahí la importancia del enfoque crítico sobre el deporte, que empujan organizaciones colectivas y núcleos de investigación y trabajo académico como todas las aquí presentes, que desempeñan un papel protagónico en esta lucha.

 

Ingresando ahora, puntualmente, en la temática de la violencia deportiva y especialmente en el fútbol, cabe señalar que la Argentina, ha sufrido hace no tantos años, un marcado incremento de la violencia, concebida como violencia institucional: graves violaciones a los derechos humanos; pérdida de representatividad de los poderes del Estado y de confianza en la opinión pública; imposición de modelos neoliberales; elevados niveles de corrupción e impunidad; manifiesta especulación financiera con la consecuente destrucción del aparato productivo; en ocasiones criminalización de la protesta social; y pérdida de credibilidad en los valores ético-morales de una República.

El horror de la violencia irracional fue adquiriendo categoría casi cotidiana, constituyéndose en un grave problema de la sociedad actual, generando honda preocupación e inseguridad colectiva.

Relacionado con el fútbol, los eventos dañinos o destructivos se suceden más a menudo, expresando la existencia de una estructura violenta dentro de la actividad, generada la más de las veces por el accionar u omisiones de dirigentes de los clubes y de la Asociación del Fútbol Argentino, y permitida por fuerzas de seguridad y organismos de contralor.

 

Junto a esta realidad, afortunadamente también crece la conciencia crítica, alertando sobre el peligro que la violencia representa. Una forma de recuperar la confianza perdida es la construcción de espacios de creación política y participación ciudadana, como la Asociación Civil Salvemos al Fútbol y tantas otras, procurando recuperar la identidad por solidaridad e intentando influir sobre el curso de los acontecimientos, hoy prácticamente automatizados. Ser ciudadano significa sentirse responsable del buen funcionamiento de las instituciones que respeten los derechos del hombre, permitiendo la amplia representación de ideas e intereses, y la conciencia moral o racional de pertenencia.

 

La conciencia de ciudadanía es lo único que permite reestablecer la unidad de la sociedad, quebrantada por los conflictos y la distancia entre las clases sociales, ya que nadie se realiza en una sociedad que no se realiza.

La violencia en el fútbol –como se adelantó- ha ido en aumento. No solo pasa por enfrentamientos entre hinchas rivales, quienes, apasionados por los colores de sus equipos entran en una acalorada discusión y terminan a los golpes. Por el contrario, la disputa por el poder interno de las barras, ha producido enfrentamientos que traen como resultado heridos de arma blanca, armas de fuego e incluso muertos.

La violencia, también es generada porque el deporte fútbol está perdiendo su esencia, y es enfocado hoy como un negocio, dentro y fuera de las canchas.  Los intereses comerciales de terceros implicados en el negocio, desvirtúan la base del juego y provocan controversias que se solucionan con más violencia.

Y cuando tratamos de buscar una solución a tanto problema de violencia en el fútbol, recurrimos a la Justicia, que no atina a resolverlos de una manera efectiva. En realidad, en la República Argentina no podemos esperar resultados diferentes a los cotidianos en lo que hace a la Justicia en general, para resolver los problemas del fútbol.

Los clubes, son entidades sociales y deportivas, sin fines de lucro. Por tal motivo deben ser ejemplares tanto éstas como sus directivos, y bajo este concepto, todo el que infringe la ley o se vea envuelto en este tipo de situaciones, ha de ser sancionado.

En Argentina, el problema de la violencia en el fútbol no debe ser simplificado bajo las conocidas frases acerca de que quienes la provocan “son inadaptados”, y otras por el estilo. Se trata –en cambio- de toda una cultura organizada que otorga sentido y legitimidad a las prácticas violentas. Esta violencia responde a contextos mucho más amplios que los planteados ligeramente por quienes son responsables de la organización de los eventos, y de la seguridad.

Es habitual que cuando el ciudadano recurre a los organismos de seguridad y a la Policía, para tratar de resolver los problemas internos de un  club, advierte que estos mismos, a quienes se les pide ayuda, quedan inmiscuidos en el asunto, con lo cual se agrava más el conflicto.

En la medida que se involucran cada vez más  terceros ajenos al fútbol, llámense grupos inversores, patrocinadores, agentes, intermediarios, etc., que no tienen mayor interés en el juego futbolístico, sino en el negocio, el marco se desvirtuará aun más.

Durante el mundial de Inglaterra en 1966 surgió un grupo de aficionados simpatizantes del equipo Inglés. Cabezas rapadas y torsos desnudos, además de cánticos injuriosos al equipo contrario y lanzamiento de objetos a la cancha, eran algunas de sus principales características: fueron los luego temidos hooligans.

No obstante, en nuestro país, la situación es diferente. La individualidad y soledad de los Hooligans, contrasta con las barras bravas argentinas, que se trata de grupos de personas organizadas, y las más de las veces, con apoyo de directivos de los clubes, y vinculaciones políticas.

Se pueden considerar como factores facilitadores para la manifestación de conductas agresivas y violentas, la presencia de miles de aficionados, la ingesta de bebidas alcohólicas, el consumo de estupefacientes, la presencia de simpatizantes del equipo contrario, la importancia del juego, además de las apetencias personales de cada individuo miembro de estos grupos, tales como las necesidades de afiliación, pertenencia, carencias económicas, afectivas y sociales.

No obstante, se percibe en los últimos tiempos, la presencia de intereses económicos directos y difusos, que provocan más violencia, porque terceros quieren tener acceso a los dineros que del negocio fútbol pueden obtenerse. Esto está sucediendo con otros deportes, si bien en menor medida. 

Es decir, aquéllos no son los únicos factores presentes, pues además de procesos psicológicos también están los factores de corte social, político y económico que indudablemente influyen para que se emitan comportamientos agresivos y violentos, no solo en los estadios, sino también fuera de ellos.

El problema no es simple; su complejidad exige de una solución de carácter multidisciplinario que atienda cada uno de los posibles orígenes de la problemática.

Existen debilidades institucionales en las instancias encargadas de impartir y procurar  justicia, desde la prevención del delito hasta la ejecución de sanciones.

El fenómeno requiere –entonces- de una estrategia integral, corresponsable entre los Estados nacional y provinciales, la Asociación del Fútbol Argentino –que debe aceptarla- y los municipios. Quizás un mejor marco jurídico, mayor fortaleza institucional, con una selección puntual y adecuada del personal, porque la búsqueda de justicia y la tarea de seguridad solo se puede llevar adelante con hombres sensatos y honestos.

 

La violencia en el fútbol, si bien es un asunto complejo, y de indudable importancia, no parece  en Argentina de difícil solución, por más que existen opiniones que la disfrazan como un tema complicado persiguiendo o no distintos intereses. El eje central de la cuestión es que los actores no se deciden a terminar con el flagelo. En este orden, independientemente de las proclamas de ocasión, no pueden existir concretos resultados positivos cuando esas proclamas no son acompañadas por conductas encaminadas al fin que se dice buscar.

 

Hay principal responsabilidad de la Asociación del Fútbol Argentino, integrada básicamente por los directivos de los clubes de fútbol.

 

Luego, aparecen las entidades, con sus dirigentes y personal, jugadores, árbitros, y los simpatizantes.

A ellos deben agregarse las policías jurisdiccionales, y los organismos estatales de supervisión y control.

 

No faltan leyes ni reglamentos; por el contrario, por momentos uno advierte que se superponen.

 

Los medios de comunicación no han de olvidarse, por la penetración que en el cuerpo social tiene lo que se opina, publica y emite.

 

Una primera visión, que estimamos muy ligera e incorrecta, coloca al problema como relacionado directamente a la situación social imperante en un momento determinado. Esto –indudablemente- tiene vinculación con la mayor o menor virulencia que evidencian los simpatizantes de clubes de fútbol en su conjunto. Pero, en lo que hace a aquellas entidades de mayor convocatoria, la presencia policial –cuyo número se acuerda previamente-, cobra un papel relevante en orden a lograr un adecuado control, supervisión y prevención de delitos dentro y fuera de los estadios.

 

Frente a concretas imputaciones que se formulan cuando suceden hechos –delictivos o no- que conmueven el delicado equilibrio que se logra, cada uno de los actores relativiza la cuestión, la generaliza, y desliga responsabilidad en algún otro.

 

En consecuencia, debe significarse aquí, la profunda hipocresía que existe, o el llamado “doble discurso” que, de continuar, impedirá las mejoras en este aspecto.

 

La Asociación del Fútbol Argentino (AFA), entidad que reúne a los dirigentes, insistimos, tiene responsabilidad fundamental, y no puede estar ajena a esta problemática. No se perciben concretos aportes para evitar que los hechos violentos sigan sucediendo, o para lograr una mejora en la situación actual, porque ni siquiera se formulan ante las autoridades correspondientes las denuncias penales y administrativas por acontecimientos que así lo imponen o aconsejan, salvo las absolutamente minoritarias que –precisamente- justifican la regla.

 

En lo que hace a las fuerzas policiales, encargadas de los operativos de seguridad en estadios, si bien no es prudente generalizar cuando se trata de atribuir responsabilidades, se ha probado en distintas investigaciones judiciales, responsabilidades penales por hechos concretos atribuidas a la Policía. Es notoria la ineficacia –en general- de los procedimientos policiales realizados en los estadios de fútbol, y por ello debe profundizarse la supervisión de esos operativos. Además, promover las investigaciones necesarias para establecer connivencias con “barras bravas”, controles y dirigentes.

 

Los jugadores, árbitros, simpatizantes en general (no barras bravas) y medios de comunicación, han de intentar colaborar cada uno en la medida de sus posibilidades, para evitar fomentar la violencia o relativizar los temas importantes que hacen a la seguridad de un espectáculo.

 

En cuanto a los órganos del Estado, nacional y provinciales, si bien de manera esporádica se han realizado esfuerzos importantes, ello no ha sido continuo en el tiempo. Sólo  la actividad sostenida y persistente podrá modificar radicalmente conductas y corruptelas  vigentes. La llamada “decisión política” es fundamental, es decir, afirmar como política de Estado, independientemente de los Gobiernos que se van sucediendo, que desde los más importantes estratos de decisión se debe dar prioridad al problema, por tratarse de situaciones de violencia concreta que la sociedad no puede tolerar.

 

Siempre en nuestro país, se entiende que la Justicia –como Poder-, se encuentra en deuda, porque también debe hacer su parte, y no se lo percibe. Son muchos los hechos concretos que quedan sin correctos juzgamientos, entre otras razones por “cholulismo” futbolero, falta de conocimiento de lo que sucede en los ingresos a un estadio de fútbol, interior de tribunas y sitios aledaños, negocios de los dirigentes, administraciones fraudulentas, compra-venta de jugadores, etc. Es de esperar que se dejen de lado simpatías y conveniencias, y sencillamente se aplique la ley, respecto de la cual ya se indicó que es abundante en la materia, y satisface sin inconvenientes las necesidades del momento.

 

Salvemos al Fútbol, ha propuesto, como sugerencia, lo siguiente:

            

A LA CIUDADANIA: que DENUNCIE todo hecho de violencia en el fútbol (incluido los manejos fraudulentos de los clubes en la compra-venta de jugadores, que generan muchísima violencia). Que venza el temor y denuncie. Es notable el miedo que existe entre los simpatizantes para denunciar a dirigentes y barras bravas, lo que evidencia claramente la objetiva situación de violencia que se vive.

 
A LAS AUTORIDADES del Poder Ejecutivo Nacional y provinciales: 1)  DECISION POLITICA. En este asunto, es esencial que los mayores niveles de decisión de los Gobiernos, se comprometan, sin realizar planteos ambiguos; 2) CONTROL y SUPERVISION  exhaustiva de los operativos policiales; 3) CONTROL Y SUPERVISION, a través de la Inspección General de Justicia y de la Dirección General Impositiva, sobre la actividad de la AFA y clubes afiliados, en lo que hace a compra-venta de jugadores menores y mayores, todo tipo de contratos vinculados al fútbol, y cumplimiento de sus estatutos en lo que hace al control que a su vez debe hacer a esos clubes; 4) INTERVENCION DE LA SECRETARIA DE DEPORTES  en el Tribunal de Disciplina de la AFA, en lo que refiere a cuestiones estrictamente de seguridad y violencia, como está vigente en otros países sin inconvenientes de implementación; 5) UNIFICACION de la normativa vinculada a la temática. En todas las jurisdicciones debe existir el mismo marco legal regulatorio. Aquí es esencial aprovechar este tipo de eventos internacionales para, en el marco del Mercosur, alcanzar acuerdos de cooperación en procura de unificar los criterios de legislación para sancionar hechos de violencia en el deporte, incluido el fútbol. 6) Decisión de la Procuración Fiscal de la Nación, para que se realicen profundas investigaciones en esta materia, destinando los recursos y el personal (Fiscales) a tales fines; 7) QUITA DE PUNTOS, administrado prudentemente; y 8) DERECHO DE ADMISION a cargo del Estado, Nacional, provincial, como ya se ha implementado en la provincia de Buenos Aires.
 
En otro orden, cabe distinguir entre el deporte recreativo y el federado. En ambos existe la violencia, pero con matices diferenciados.
Hacemos la salvedad, toda vez que las soluciones para mitigarla pueden ser similares pero no iguales. 

En el deporte recreativo  -relacionado con el derecho ciudadano a gozar plenamente de juegos y recreaciones que contribuyan a un sano desarrollo -ver por ejemplo en lo que hace a los menores, el Art. 7 Declaración de los Derechos del Niño-Naciones Unidas-, el fenómeno de la violencia es el resultado de una conducta social derivada, entre otras cosas,  de la idea de una sociedad de ganadores y perdedores, en la cual estamos en constante competencia con el prójimo. O –quizás- la noción de que todas las oportunidades que fueron negadas a los padres pueden ser resarcidas por un hijo que se destaque en el juego, y cuanto antes mejor, etc.

En cuanto al deporte federado, se trata de aquel que debería oficiar como entretenimiento para la sociedad, siendo punto de encuentro, en el cual las familias, amigos y hasta sociedades enteras pudieran nutrir y fortalecer sus relaciones, exponiendo y celebrando también sus diferencias. Debemos convenir que el deporte es uno de los pocos espacios en el cual –si se lo intenta sinceramente- las diferencias de clase, raza y cualquier otra barrera creada por las personas, pueden dejarse de lado. El fútbol, particularmente en países de Latinoamérica, por su popularidad y raigambre cultural, representa un factor fundamental en el cumplimiento del Art. 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que consagra el derecho al disfrute del tiempo libre. Estimo que pocos dudan que la primera opción del ciudadano latinoamericano para disfrutar su tiempo libre, después del  dedicado a su propia familia, es, mayoritariamente, participar e intervenir en el deporte, siendo el fútbol el que aglutina la mayor cantidad de seguidores.

Que se haya convertido en un formidable negocio, no hace más que sustentar esta aseveración.  Como consecuencia de lo anterior, en el fútbol profesional, la violencia deviene, principalmente de acciones de grupos organizados que la utilizan como factor de poder, en un ámbito corrupto propicio para su gestación.

Se han establecido como parámetro, tres niveles de violencia.

1.          El primer nivel es aquel que conocemos como VIOLENCIA SOCIAL que está relacionada con factores que influyen sobre la sociedad en su conjunto, independientemente del ámbito. Este nivel se encuentra en toda actividad social, sea un partido de fútbol o una sala de cine.

2.          El segundo nivel es aquel que se genera a partir de factores particulares relacionados con la actividad en cuestión: La VIOLENCIA ESPECIFICA. Por ejemplo, al ser el fútbol una actividad de confrontación (2 equipos) se genera la noción de “ellos contra nosotros” que en ciertos casos puede exacerbar sentimientos de pertenencia o identificación que concluyen en actividades violentas que exceden a la violencia social.

3.          El tercer nivel, y sin dudas el más grave, es aquel que deviene de la cuidadosa explotación de los sentimientos y actitudes generadas por la actividad, en particular para crear organizaciones que funcionen con el solo objetivo de obtener beneficios y privilegios individuales. Estos beneficios y privilegios solo pueden conseguirse si existe la connivencia y la corrupción.

Como decíamos al principio, comprender lo precedente, es decir los tres tipos de violencia, nos exhibe la irresponsabilidad y en muchos casos desinformación intencionada  de parte de dirigentes, deportivos y gubernamentales, que apelan a la excusa de la VIOLENCIA SOCIAL (que es muy difícil de morigerar y excede al futbol) para justificar su inoperancia en materia de seguridad en el futbol.

No es casualidad que esto se haya dado a partir y durante la década del 90, en la cual se instaló la matriz de pensamiento que se sostuvo sobre la idea de que la acción individual debía primar por sobre lo colectivo, en pocas palabras: la anti-política, cuyo inevitable resultado fue la retracción del Estado (máximo regulador del bien común) y el debilitamiento de todos los movimientos sociales. Muchos de los pocos que escaparon a este discurso hegemónico se alejaron del fútbol al ver que se sumergía en un pantano de corrupción y violencia.

   

Está claro que el Estado tiene su responsabilidad. Primaria. Aún cuando el Estado de ninguna manera puede obligar a la ciudadanía a participar en la toma de decisiones relacionada con el fútbol, sin dudas tiene el deber de accionar en pos de generar un ambiente en el cual el ciudadano sienta que su actividad tiene valor. Es el Estado el que debe intervenir para que los procesos sean democráticos y transparentes, utilizando diferentes organismos, por ejemplo la Inspección General de Justicia.

 

Es un hecho que Argentina, por su historia y condición de importante actor en el mundo del fútbol sea referente para países hermanos. En casi todos ellos se han adaptado los cánticos a equipos locales, y hasta la costumbre de tirar papelitos ha traspasado fronteras. Lamentablemente también, conductas relacionadas directamente con la violencia en el fútbol se han exportado, y consecuentemente la problemática de las barras bravas se ha extendido al resto de la región, con diferente intensidad y desarrollo.

 

En el 2014, Brasil será sede de la Copa Mundial FIFA. Mas allá del único organizador, el torneo podría ser considerado por todos nosotros, como el Mundial “Sudamericano”. Con posiblemente 5 países de la región participando del mismo, el movimiento de espectadores representará -sin dudas- el mayor entre países del MERCOSUR, desde su creación.

 

Si a esto le sumamos la Copa America (2011, a realizarse  en Argentina) y las copas Libertadores y Sudamericana que crecen año a año, es casi una necesidad la creación de un ente u organismo regional que promueva la regulación del espectáculo de fútbol de manera pacífica, a través de políticas que prevengan la proliferación de conductas violentas y garanticen la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos.

 

Esto brindaría la oportunidad de generar un espacio nuevo, superador y democrático, en el cual articulen organismos de gobiernos, agencias de seguridad y, fundamentalmente, las organizaciones de la sociedad civil, en pos de un objetivo concreto, aplicando los principios y valores que promueven la CUMBRE y el FORO.

 

 

 

 

 

 POR UN FUTBOL SIN VIOLENCIA NI CORRUPCIÓN

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