Por Raul Ramirez

I. LOS BARRASBRAVAS


Desde “la barra de la bandera” a las virtuales asociaciones ilícitas sembradoras de violencia y terror, las barras bravas han recorrido un largo camino en el fútbol argentino, contribuyendo de manera primaria y decisiva al deterioro profundo del deporte mas popular.
Desde siempre los equipos de fútbol tuvieron seguidores, y ni bien fueron abandonando los círculos elitistas de origen británico en el que nuestro fútbol tuvo origen, las manifestaciones de adhesión fueron adquiriendo crecientes características ruidosas y extrovertidas. Aunque la violencia dijo presente desde el vamos (el fútbol sin violencia alguna es una Arcadia a la que no se puede volver, sino a la que se debe llegar) lo que caracteriza la evolución del fenómeno de los barrasbravas a través del tiempo ha sido el mayor grado de organicidad, la creciente ligazón con el poder deportivo primero y con el poder a secas después, hasta alcanzar en algunos casos autonomía propia, y la apropiación hecha para sí del modelo de “hincha”, imponiendo a los “no violentos” modismos, lenguajes y actitudes patibularias.

La violencia organizada.
En tiempos pretéritos, todo equipo tenía su barra de simpatizantes incondicionales, aquellos que acompañaban al equipo a cualquier lado. Llevaban la bandera (cualquier documento fotográfico demuestra que hasta entrada la década de los ’60 el embanderamiento distaba de ser masivo) y sus voces de aliento. Generalmente jóvenes y decididos, mas de una vez fueron vistos por los simpatizantes en general, como una protección o una garantía de seguridad. Carecían de liderazgos permanentes, a partir de que tampoco los requerían para alentar una vez por semana al equipo, y su organicidad era mínima. Así mismo los dirigentes que, como ahora, los conocían fueron brindándoles apoyos: el vehículo para viajar, entradas para aquellos que no eran socios o carecían de recursos. Es ese el origen de un fenómeno de ida y vuelta: el aprovechamiento por parte de dirigentes de esas organizaciones incipientes para fines distintos al simple brindar aliento en los partidos, y la creciente organización vertical de las barras, en la medida que las exigencias y las oportunidades de diversas prebendas a partir de los servicios brindados, hicieron mas deseable la posición de liderazgo. Entre esos fines distintos pueden mencionarse el uso de virtuales guardias de cuerpo en la política interna de las instituciones, el apriete a técnicos y jugadores rebeldes, etc.. Las prebendas, por otra parte, y con el correr del tiempo fueron dejando de ser simplemente entradas para los partidos: el manejo de pequeños negocios en la cancha (venta de alimentos y refrescos, banderines, etc.) hasta otros significativamente mas grandes, como la canalización de la reventa de entradas. A medida que se hizo mas redituable estar en la punta de la pirámide de la barra, mas violencia alcanzó la lucha por el liderazgo, moldeado a su vez por el prestigio en “los combates” con otras barras, gestando la lógica de la violencia perpetua que hoy domina a nuestro fútbol.

Ligados con el poder.
Mas allá de que pocos dirigentes lo admitan, el fenómeno barrasbravas fue prohijado desde las conducciones deportivas. Por supuesto que, como la criatura del Dr. Frankenstein, el monstruo finalmente se torna inmanejable y amenaza a su creador, pero no faltan aún hoy taumaturgos confiados en que pueden lidiar con ellos y obtener mas provecho que sinsabores de su relación con los violentos.
Rafael Di Zeo entregando juguetes en un hospital con los futbolistas (y firmando autográfos en la faena) o jugando un picado en Casa Amarilla con los dirigentes; Alan Schlenker y los “Borrachos del Tablón” viajando al mundial de Alemania, fletados por River Plate, demuestran, por si hiciera falta que no son excrecencias maléficas surgidas misteriosamente en instituciones sanas, sino parte inseparable de la estrategia de poder de quienes las manejan. Y no se crea que es una característica de los clubes mas grandes exclusivamente: la barrabrava de Tigre jugando un amistoso con la de Dep. Morón como evento principal en el aniversario del club, o el creciente número de líderes de la barrabrava que asumen lugares directivos, aún la presidencia de sus instituciones, chicas o grandes, demuestran la presencia de un fenómeno endémico.
Ese ejercicio de un creciente poder fáctico, utilizable no solo en tareas internas del club, hace que la violencia se traslade y se alquile para practicarse en otros ámbitos: la presencia de barrasbravas en la violencia política y sindical demuestra el creciente protagonismo de sus referentes, fenómeno al que no es ajeno el involucramiento creciente de dirigentes deportivos en el mundo político (y viceversa), los que llegan munidos de pertrechos y mano de obra profesional de la violencia, aplicable a cualquier ámbito de poder. Subproducto de ello son el encumbramiento a cargos (no siempre menores) del sector público de miembros de las barrasbravas (un recorrido por las puertas de acceso a la Legislatura porteña, entre otros lugares públicos, no exclusivamente de esta ciudad, ilustra acerca de este tema).
El riesgo para el futuro es el acceso de los líderes de los violentos a lugares de poder ya no vicarios de sus mandantes, sino de un poder autogestionado: en Rosario las barras de los dos principales clubes están utilizando sus métodos habituales para incursionar en el mercado futbolístico quedándose con porcentajes de los pases de jugadores de inferiores, apretando técnicos para que pongan a sus representados y no a otros, y a padres de los pibes, que pagarán peaje para que la soñada carrera de sus hijos no naufrague antes de empezar, torpedeada por los que vieron un pingüe negocio en el tema, seguramente destinado a extenderse a otras plazas y, obviamente, a Buenos Aires. Otra actividad que puede saltar del reducido ámbito de las tribunas a espacios mas extensos es sin dudas el del menudeo de estupefacientes, fenómeno al que se arribará inevitablemente y en forma extensiva si la lógica de los acontecimientos no es intervenida por una voluntad superior (y no nos referimos precisamente a la voluntad divina).

¿Los hinchas del siglo XXI?
Sin las herramientas que otorga el ejercicio del poder público, el simpatizante común puede considerarse un simple testigo y aún una víctima del fenómeno de la violencia en el fútbol. Ello es parcialmente cierto, pues no tiene los medios para reprimir a los violentos ni, habitualmente, para llevarlos ante la Justicia.
Sin embargo hay algo que puede, que podemos, hacer: aislarlos, repudiarlos, mostrar a los pibes que se van acercando a las canchas y al lugar de hinchas que ellos son el modelo de lo que no debe ser.
Ocurre demasiado seguido lo contrario. Las barrasbravas han copado el lenguaje futbolero: cuando prometen muerte al contrario, cuando aseguran que van a incendiar tal o cual barrio, cuando en vez de alentar al equipo dedican buena parte de su permanencia en la tribuna a exaltar sus presuntas hazañas violentas, a insultar a algún rival próximo (muchas veces no en nombre de una rivalidad deportiva, quizás inexistente, sino en el de la aversión interbarras), encuentran coro en el resto de los hinchas. Estar alertas para no caer en esas actitudes sería saludable. Mas de una vez la barrabrava, llegando como siempre con el partido empezado entona al ritmo de la canción de Clemente, el "llegooo la hinchada”, mientras los que hace quizás horas que aguantan bajo el sol y que pagaron religiosamente su entrada, al revés de ellos, cantan lo mismo legitimando a la barra de delincuentes como la hinchada de verdad. Mas de una vez esta diferencia entre simpatizantes reales y barrasbravas se hace patente cuando a contramano del sentimiento generalizado los barras atacan o bancan a un técnico o a un dirigente (por supuesto, pasando por ventanilla). Pero demasiadas veces el hincha común cae en la trampa de adoptar como modelo de hincha al violento y como modelo de voz de aliento a las letras impregnadas de lenguaje patibulario de los delincuentes.
Hay muchas cosas que deberán ser emprendidas desde las altas esferas de poder político (de los tres poderes) para enfrentar y vencer el fenómeno de la violencia. Pero lo menos que podemos hacer los que amamos al fútbol es no caer en la trampa de los violentos: aislarlos, no imitarlos, repudiarlos cuando quepa. Para que el modelo de hincha de fútbol del siglo XXI no sea el que los delincuentes pretenden imponernos.

II. – En nuestra próxima edición