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Viernes 12 de junio de
2009
La peligrosa
idea de la exclusión
Por
Sergio Levinsky (*) |
Desde
hace un lustro, aproximadamente, cobró cuerpo la idea desde el poder
político, y con aceptación en el deportivo argentino, de que la
mejor forma de solucionar la problemática de la violencia que genera
el mismo fútbol pasa por la exclusión del otro, algo así como que si
una de las partes desaparece, o está inhabilitada a participar del
espectáculo, o del espacio social, naturalmente las posibilidades de
que existan hechos violentos serán menores.
Así,
han aparecido ideas como la de los denominados “pulmones”, espacios
en las tribunas que son deshabitados para separar, aumentando la
distancia entre ellas, a las hinchadas rivales, aún cuando esto
implica perder posibilidades de vender más boletos, por un lado, y
generando una imagen lamentable de falta de convivencia, por el
otro.
También
apareció, en 2004, la recordada decisión del ex árbitro y en aquel
entonces miembro del organismo de seguridad en espectáculos
deportivos de la Capital Federal, Javier Castrilli, de hacer jugar
los dos superclásicos de semifinales de la Copa Libertadores entre
Boca Juniors y River Plate, sin hinchada visitante.
Y
finalmente, a partir de que ninguno de estos dos hechos arrojó un
resultado positivo, ya se llegó al absurdo de no permitir la
presencia de la hinchada visitante en los torneos de ascenso, aunque
sí en los de la división mayor, como si por ser simpatizante de
determinados colores o de determinara división, diera como resultado
lógico una mayor chance de violencia.
En
cuanto a los hechos de violencia dentro de la cancha ocurridos en
los dos partidos entre Boca y River en 2004 (el episodio Gallardo-Amelli-Abbondanzieri,
o el de Barros Schelotto-Gabriel Macaya), ya en aquel momento la muy
respetada psicóloga aplicada al deporte, Liliana Grabín, titular de
la cátedra en la Universidad de Buenos Aires, nos decía que por lo
general, la violencia no desaparece, sino que se traslada al campo
de juego si no puede estar presente en las tribunas, lo que pasó tal
como es descripto en aquellos dos partidos.
Lo que
pretende decirse en este artículo es que, por un lado, el
voluntarismo para que la violencia que genera el fútbol desaparezca
con medidas negacionistas, no conduce a ninguna parte y representa,
tan sólo, una pérdida de tiempo, como ocurrió en los dos Boca-River
y el traslado de la violencia de la tribuna al césped, o como ocurre
con los “pulmones”, que separan a hinchadas rivales cuando buena
parte de la violencia de hoy es generada por enfrentamientos
internos entre facciones de las barras bravas, es decir que, en todo
caso, esa pretensión “pulmonar” debería llevarse a cabo
“inter-barras” también, con lo cual, debería establecerse alambradas
o espacios vacíos incluso en la propia tribuna de cada equipo y
hasta en las plateas, en muchos casos, algo especialmente absurdo.
En
otras palabras, la violencia “del” fútbol (en términos de Amílcar
Romero, quien ha estudiado con mayor seriedad este fenómeno), es
decir, la violencia que genera el propio fútbol como sistema, no
puede solucionarse negando los hechos o parte de los protagonistas,
sino aplicando estrictamente las leyes en vigencia (muchas son
discutibles, pero habría que partir de que se cumplieran para probar
si no son efectivas), y castigando toda connivencia entre violentos
y el poder político, deportivo o con la Policía.
En
cuanto a la violencia “en” el fútbol, es decir, la violencia general
que rodea al espectáculo deportivo, tampoco admite como solución una
extrapolación de soluciones “a la europea” porque aquella es otra
realidad, con otras leyes y otra situación socioeconómica que no
permite comparaciones.
En este
sentido, el fenómeno de la violencia del fútbol argentino necesita
de un análisis propio, tomando en cuenta sus propias
características.
Una de
esas características consiste en el lastre dejado por la dictadura
militar que padeció la Argentina entre 1976 y 1983, cuyos efectos
sigue soportando la sociedad argentina, algunos de los cuales se
manifiestan en el ámbito de los estadios de fútbol.
Un
ejemplo de ello es la nueva categoría de los “desaparecidos” como
referencia habitual desde una nueva cultura formada desde este nuevo
concepto. En este sentido, no casualmente desde el final de la
dictadura aparecen cánticos de hinchadas haciendo referencias a la
“no existencia” del rival (“Oh, no existís, no existís”), para ir
bajando a los jugadores (“jugadores, no juegan contra nadie”).
Vivimos
entonces en una sociedad, cuyos espectáculos deportivos, en especial
los del fútbol, contienen hinchadas que no aceptan a las otras como
tales porque directamente no las reconocen. El otro no es reconocido
como tal.
Es
claro entonces que en una observación del comportamiento de las
hinchadas desde los años setenta, previos a la dictadura hasta los
años actuales, post-dictadura y tras un cuarto de siglo del nuevo
período democrático, notaremos que aquellos cánticos de entonces
(“Flaco no te vayas, flaco vení, quedáte a ver a mi equipo, te vas a
divertir”), se pasó a otra situación (“No existís, no existís”).
Si
desmenuzamos la primera canción, previa a la dictadura, que solía
aparecer tras una goleada o en los últimos minutos de una victoria
clara sobre el equipo rival, la hinchada vencedora, si bien en tono
irónico, hasta burlón si se quiere, no hace otra cosa que decirle a
su rival de turno que aún perdiendo, no debería abandonar el espacio
público y compartir, mal que le pese, un momento desagradable para
ella pero agradable para la ganadora. Es decir, en otras palabras,
hay, aún en la ironía, un reconocimiento del rival como tal.
En el
“no existís” de estos tiempos post-dictatoriales, ya no se reconoce
más ni a la hinchada ni a los jugadores rivales (“no juegan contra
nadie”). Una durísima muestra de cómo ha cambiado la sociedad por
todo lo que ha tenido que vivir y padecer.
Pero
también por esta misma razón, el hecho de negar la posibilidad de
compartir un espacio social en tiempos como estos es sumamente
grave, y excede completamente al fútbol, aunque estos ejemplos que
hemos dado constituyen una clara muestra de cómo la sociedad
argentina necesita urgentemente reaprender a convivir pacíficamente
en espacios compartidos y reconocer al otro como tal, en el
espectáculo deportivo como adversario. Pero antes que todo,
reconocerlo. Los “pulmones” y la negación a la entrada de hinchadas
visitantes, agravan la problemática.
(*)
Periodista y sociólogo argentino residente en Madrid, España y
fundador del Instituto Argentino de Sociología del deporte (IASDE),
pionero en la sociología aplicada al deporte en la Argentina.
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