Reseña
sobre el libro Haciendo amigos a las
Piñas: violencia y redes sociales de una hinchada del fútbol de Jose
Garriga Zucal.
Articulo
inicialmente publicado en
http://www.uff.br/esportesociedade/
Fernando Segura M. Trejo
El libro de Jose Garriga Zucal[1]
Haciendo amigos a las piñas
constituye una etnografia sobre la violencia en el fútbol argentino a partir de
la convivencia con el seno de una hinchada, el núcleo denominado “barra brava”
del Club Atlético Huracán. Se trata de un trabajo profundo, aunque no la primera
aproximación de José Garriga con un grupo hegemónico de una tribuna.
Anteriormente, Garriga había observado el comportamiento de la hinchada de
Colegiales, un club de tercera división de los suburbios del norte de Buenos
Aires, parte de la base empírica que Pablo Alabarces recuperó en sus Crónicas del Aguante.
Para este trabajo sobre
Huracán José Garriga transcurrió varios meses en interacción directa con el
objetivo de comprender cómo los miembros de una hinchada perciben el honor y
las acciones violentas. Qué lugar ocupan en la conformación grupal y qué
relaciones son reconocidas en su entorno social. Debió así interactuar, como él
mismo lo relata, con los líderes del grupo, con dirigentes del club, políticos,
vecinos, jugadores, comerciantes, periodistas y otro tipo de simpatizantes.
Impregnado en sus actividades,
el autor da cuenta de la estrecha relación entre la constitución de las
identidades y la acumulación del capital violento. La violencia, contrariamente
a lo que podría pensarse, responde a una serie de configuraciones de prestigio
y de capitales. Un vínculo simbiótico con el club y con el barrio concebidos
ambos como territorios propios. La pertenencia al grupo duro implica una serie
de sentidos en la exhibición del capital violento, el denominado “aguante”,
tanto en la construcción discursiva como en la acciones. Desde el contenido de
las elaboradas canciones de la hinchada, los relatos personales que Garriga
recogió, hasta el valor positivo otorgado a toda exposición corporal que
conlleve una batalla con enemigos de otras hinchadas o con la policía. Dentro
de las razones que los miembros evocan, la lealtad a la hinchada y al club
ocupan así un primer plano.
Pertenecer a una hinchada, ser
un miembro reconocido de la misma retribuye privilegios que se extienden más
allá del lugar y el prestigio en la tribuna durante los partidos. Los contactos
con dirigentes, con punteros políticos y las puertas que se pueden abrir nutren
las carreras de los miembros más asiduos de la hinchada. La presencia, las
hazañas, las pruebas de valentía y de “aguante” suman méritos en la jerarquía
de la tribuna. Aquellos que defienden las banderas (los “trapos”) a los golpes
(las “piñas”), los que se enfrentan incluso en condición de inferioridad
numérica al enemigo, aquellos que pese a condiciones adversas honoran el
“aguante” ganan respeto. De la misma manera, los favores prestados por una
hinchada a quienes solicitan sus servicios tienen contrapartes en puestos,
accesos públicos, arreglos institucionales e impunidad. El poder de la hinchada
y de los miembros más conocidos aumenta, pero también es codiciado por quienes
aspiran a las posiciones más altas. La muestra del “aguante” puede ser exigida
incluso entre los propios compañeros de la hinchada.
Los aportes del libro de
Garriga son múltiples, una mirada desde el seno del grupo, de sus vivencias y
de sus sentidos refleja el complejo entramado de relaciones sociales que
sostienen su accionar y su “prestigio”. Su lectura ofrece un diagnóstico
empírico de los circuitos que los miembros de la hinchada recorren así como las
lógicas de acción. Sin embargo, quizás uno de los principales aportes sea la
confirmación que las hinchadas no actúan solas. Cuando los hechos de violencia
se manifiestan es fácil atribuir tanto los daños físicos y morales como las consecuencias
a la “barra brava”, mientras que la legitimidad y la complicidad tienen un
sustento en la connivencia o la omisión deliberada de otros grupos o individuos
que avalan ese accionar. Algunos lo pueden negar públicamente pero la evidencia
presentada en el libro de Garriga demuestra que los vínculos tejidos están
lejos de posiciones de aislamiento. Otros, incluso alientan las manifestaciones
violentas con su adhesión a las canciones entonadas en los estadios, donde se
resalta el valor y la apología de la violencia.
El estudio de José Garriga
deja varios elementos que pueden recuperarse para las políticas públicas. Una
fina comprensión de las redes que extiende una hinchada, su funcionamiento
interno y la identidad reivindicada. Frente a discursos creados a partir de
juicios de valor y de posiciones morales, los cuales revelan un desconocimiento
de la naturaleza de la violencia o que responden a la presión ejercida por los
medios de comunicación tras un hecho fatal, el libro de Garriga se distingue
por el conocimiento empírico y la interpretación reflexiva.
Al comprender las lógicas en
una hinchada (un universo común a las hinchadas más allá de los colores que
defienden) se vuelve más fácil anticipar que los hechos fatales y dramáticos
son tarde o temprano inminentes o “normales” dada la cultura violenta. Pensar
en políticas públicas eficaces y asertivas requiere entonces varios desafíos. El
principal radica en una transformación cultural. Ir más allá de la
estigmatización, algo que Garriga deja entrever en sus conclusiones a fin de
entender que el problema de la violencia no es exclusivo a las hinchadas y las
“barras bravas” sino que envuelve a otras esferas de la sociedad. Reducir la
violencia y contenerla requiere por lo tanto de transparencia y honestidad.
Detrás de cada acto fatal en el futbol muchos discursos cínicos pretenden
desmarcarse y no tener nada que ver con los “barras”. No obstante, aquellos que
son denominados “barras” son con frecuencia conocidos o clientes de quienes públicamente
los culpabilizan de toda la violencia en el fútbol.
A partir de los aportes de Garriga,
nos atrevemos a expresar que el cambio cultural no se produce de un campeonato
al otro. Implica un proceso generacional que permita transitar de un clima de
violencia a un uno festivo. Una cultura donde la violencia no sea funcional ni
valorada simbólicamente. Se trata entonces no solamente de una transformación
cultural de las tribunas (y plateas) sino de una transformación conceptual de
quienes trabajan en la organización del espectáculo deportivo. El fútbol no
debe ser una guerra, ni un espacio de clientelismos cínicos, sino una fiesta y
sobre todo un bien común.
Un diálogo distendido con el
autor se presenta en este sentido a continuación con el objetivo de comentar
algunos de los aspectos y las implicaciones de su libro. La entrevista
realizada a través de un intercambio electrónico entre Buenos Aires y París busca
salir del academicismo sin dejar de ser charla conceptual.
-
José, tu libro sobre la Hinchada del club de Huracán, constituye una sólida
etnografía realizada con el núcleo duro de una hinchada, lo que algunos podrían
denominar la barra brava. La primera pregunta que me surge es saber por qué
decidiste encarar ese estudio y cómo hiciste para adentrarte en un grupo que a priori se podría considerar como
altamente violento.
- Decidí trabajar con una hinchada de
fútbol, comúnmente llamadas "barras bravas", para conocer desde la
óptica de sus practicantes los sentidos que les daban a sus acciones. Me
parecía necesario conocer los significados de prácticas que eran
interpretadas por fuera de ese grupo como ejemplo de locura o del sinsentido.
Entender la violencia desde la óptica de los violentos permite pensar los
conflictos de la definición de violencia y, también, posibilita pensar
políticas públicas más efectivas para prevenir la violencia. Ya había hecho un
trabajo de observación participante con miembros de la hinchada de Colegiales
(un club pequeño de las categorías del ascenso) para mi tesis de licenciatura y
cuando empecé los estudios de posgrado pensaba buscar un grupo más numeroso.
Llegué a Huracán de pura suerte, había propuesto en un proyecto de beca
trabajar con los simpatizantes de Chacarita pero estos fueron responsables de
ciertos episodios violentos que terminaron en una persecución policial que
hacía imposible mi ingreso al grupo. Ante ese escenario, mi director (Pablo
Alabarces) me dijo que conocía dos personas de Huracán (un ex presidente y un
simpatizante) y que podía intentar hacer el contacto. Para ese
entonces yo no conocía a nadie de Huracán, ni sabía muy bien donde quedaba
su estadio, pero decidí embarcarme en ese viaje. Lentamente fui
estableciendo contactos que me permitieron llegar a la "barra
brava".
- Al comenzar tu vínculo con la hinchada. ¿Cómo y qué les
explicabas a los lideres (y no sólo a ellos) lo que venías a hacer?
- Por una cuestión ética siempre que
hablaba con alguien les explicaba lo que estaba haciendo. Esa explicación, como
toda presentación inicial, tenía una estrategia para enganchar y decir la
verdad al mismo tiempo. Decía que estaba haciendo un trabajo para la facultad,
para antropología, sobre la hinchada y el barrio de Huracán. La mención al
barrio y a la hinchada impactaba positivamente en los interlocutores deseosos
de dar su punto de vista y de que Huracán obtuviera renombre.
En la presentación obviaba decir la palabra
investigación, ya que la misma sonaba a policía y no quería que se me relacione
con ellos. También era muy vago en la presentación del tema (la hinchada y el
barrio), pero la verdad que en los principios de la investigación el tema era
en sí vago, mutante y volátil. La estrategia de presentación no era perfecta ya que
al mencionar la antropología ponían cara de sorpresa dado que la mayoría
vincula a la antropología con los dinosaurios o cosas por el estilo; eso me
obligaba a explicar qué era lo que hacemos los antropólogos. Explicación que
siempre resultaba confusa y poco entendible. Explicación que a la larga fue
poco efectiva ya que para los miembros de la hinchada soy, para su mayoría, o
periodista o sociólogo. Obviamente, que la presentación funcionaba un poco
mejor cuando hablaba con periodistas o dirigentes, conocedores, algunos, del
mundo académico.
- Dices en el libro que entender la
violencia desde la óptica de los violentos permite pensar los
conflictos de la definición de la violencia. ¿Estamos hablando de una violencia
y de lógicas organizadas? En el caso de lógicas organizadas un trabajo como el
tuyo, más otros que se han hecho en otros países, así como el
estudio periodístico de la hinchada de Boca, la 12, de Gustavo Gravia
muestran que los hechos de violencia implican la participación de varios
actores sociales, no sólo y únicamente los miembros de la hinchadas.
¿Qué reflexiones puedes hacer al respecto y a
posteriori de tu
trabajo de campo?
- Cuando hablamos de violencia en el
fútbol lo que tenemos que hacer es no reducir el fenómeno sólo a las prácticas
de las "barras bravas". En el contexto del fútbol son muchos los
actores que tienen prácticas violentas: policías, dirigentes, jugadores,
periodistas, espectadores no miembros de la hinchada, etc. Reducir la mirada sólo
sobre las barras es mirar una parte del fenómeno y no todo. Señalar como
violentos a los mismos de siempre y olvidarse –no reconociendo - las acciones
del resto de los actores. Sin embargo, las lógicas de la
violencia son distintas según los actores. Lo que planteamos es que la lógica
de la violencia en el caso de las "barras" se ajusta a la disputa del
“aguante”, disputa que puede ser sólo dirimida en el plano de la violencia
física. Las hinchadas a diferencia del resto de los actores que tienen prácticas
violentas es el único de ellos que da un carácter positiva a sus prácticas. En
esa “positividad” marcan una diferencia que los distingue, las hinchadas son
las que "aguantan". El “aguante” es para los miembros de las “barras”
una señal de prestigio y honor vinculada a lucha física, al enfrentamiento
violento; tiene “aguante” aquel que se enfrenta corporalmente contra un rival,
aquel que pelea, aquel que no teme a la lucha. Y como el “aguante” es un bien
simbólico valorado entre los “barras” estos buscan ganarlo y la única forma de
hacerse de este capital es peleando.
- De acuerdo. Ahora la pregunta que me
surge ahora es muy ingenua. Muchas personas desearían erradicar la violencia en
los estadios. ¿Es esto posible desde tu mirada? Entendemos que es muy difícil.
Algunos líderes, como el ex capo de la hinchada de Boca, Rafael Di Zeo dicen
que la violencia: "se hereda, se hereda". Otros plantean que
Inglaterra pudo hacerlo con una política drástica, lo cual implicó
remodelación de estadios, abonos anuales (algo muy difícil de conseguir en
Argentina por múltiples razones), espectadores sentados y sanciones severas ante
la menor infracción a la ley del deporte (como tirar una moneda al campo de
juego). Dos lógicas que se contraponen pero que han sido discutidas en Argentina.
¿Qué opinas al respecto?
- Erradicar la violencia me parece
imposible, ya que siempre existirán episodios. En Inglaterra aún existen
esporádicamente hechos de violencia, aunque han logrado, ostensiblemente,
controlar un problema que estaba desbocado. En la Argentina se debería trabajar
para aplacar el fenómeno violento, aunque nada se hace al respecto. Deberíamos
proyectar políticas a largo plazo que tiendan a deconstruir la legitimidad
que tiene la violencia en el fútbol argentino. Para ello es necesario trabajar
con todos los actores del mundo futbolístico para poner en un segundo plano la
dimensión violenta del aguante y resaltar la parte festiva del fútbol. La
solución a los problemas argentinos -de violencia en el fútbol y de otros
tantos asuntos- no puede buscarse exportando medidas efectivas en otros
lugares. Las medidas tomadas por los ingleses, por ejemplo, son políticas
posibles en el escenario socio-económico de ese país, trasladarlas
pensando que van a tener algún resultado es ingenuo, ya que sería pensar que
ambos fenómenos son iguales. Se puede trabajar para controlar el fenómeno
violento pero conociendo sus razones y entonces ideando políticas creativas
para solucionarlas. Políticas que superen la judicialización y la represión,
únicas variantes, ideadas por estos lugares.
- Sin embargo, algunas medias o
políticas inspiradas de lo que otros países han hecho siempre puede ser útil,
al menos para generar ideas. Creo yo. Respecto al caso argentino en particular
cuando hablas de políticas creativas que superen la judicialización y la
represión como únicas variantes, con lo cual concuerdo plenamente, ¿qué
elementos pueden vincularse para el cambio de cultura hacia la parte festiva?
¿Cómo trabajar por ejemplo con la composición actual de las hinchadas? ¿Cómo
trabajar con los otros actores? Tres preguntas complejas pero que se imponen
naturalmente.
- Es más que cierto que medidas de otros
países pueden inspirar ideas para solucionar el problema en nuestro país; decía
que era un error intentar trasladar las soluciones pero sería otro error, de la
misma magnitud, no tener en cuenta las políticas que han sido
efectivas en otros países. De hecho, el conjunto de políticas que tomó
Colombia para intentar contener el fenómeno violento son muy interesantes, sumamente
productivas y deberían ser tenidas en cuenta a la hora de pensar políticas en
nuestro país. Cambiar la dimensión violenta del “aguante” para
transformarla en festiva requiere un cambio cultural que rompa la legitimidad
de la violencia, para eso es necesario que todos los actores del mundo
futbolístico ("barras", socios, jugadores, periodistas, policías,
todos) nos demos cuenta que somos - en distintas dimensiones- parte del
problema. Así podemos empezar a cambiar los elementos que contribuyen
a la legitimidad de la violencia. Por ejemplo, como espectador muchas veces con
cánticos, aplausos y otras señales aprobamos el accionar violento (de la
policía o de las "barras") construyendo un espacio de legitimidad de
la violencia confundida con el folklore del fútbol. Es necesario romper esas
construcciones que abundan en todos los actores, es necesario tener
policías especializadas, periodistas que no inciten al enfrentamiento,
jugadores que no hagan del deporte una batalla, etc. Respecto a
las hinchadas las mismas podrían ser incluidas institucionalmente, conformando
agrupaciones de hinchas, que tengan beneficios por esa participación y que
pierdan esos beneficios ante hechos violentos. La inclusión permitiría
blanquear el apoyo institucional que los grupos tienen y ordenaría las
jerarquías grupales en disputas que no pasen por la violencia. Los clubes, la
Asociación del Futbol Argentina (AFA), la policía y los medios de comunicación
deberían orientar a los grupos de hinchas hacia una participación grupal
(igualmente meritocrática) que no esté orientada hacia el “aguante” violento.
Significa que las hinchadas sean lentamente construidas como grupos de
pertenencia en la fidelidad y el fervor por sus colores pero no en la práctica
de enfrentamiento físico.
- ¿En qué consisten las medidas de
contención de Colombia? En México se está buscando credencializar a las porras
(hinchadas mexicanas) para llevar un control y poder inducir tanto beneficios
como sanciones. Sobre la toma de conciencia que mencionas para Argentina. ¿Cómo
se puede empezar a trabajar de forma coordinada? Imagino que es tarea de una
concertación donde se involucren distintos niveles del estado, la AFA y los
medios de comunicación. Algo que parece impensable en la práctica. Si además
hay que sumar a los mismos actores de las tribunas, "barras",
hinchadas y socios ordinarios. Quizás ese sería un escenario ideal sobre el
cual hay que fijar una mira aunque luego en la realidad no se puedan llegar
todos los acuerdos deseados.
- En Colombia, hay en efecto un
incipiente proceso de credencialización pero sobre todo hay un proceso de
diálogo entre las "barras", la policía y la alcaldía que tiene como
objeto prevenir la violencia. Desde la policía y la alcaldía acompañan a los
grupos en sus traslados a los estadios, organizan el ingreso y egreso en
un fluido diálogo con los líderes. Fomentan la participación de los jóvenes
barristas en la ayuda a sus clubes, pintan y cuidan las instalaciones de sus
instituciones. Y, además, los suman a proyectos productivos, en los que
los "barras", trabajan haciendo, por ejemplo serigrafía, con los
colores de sus clubes. Con sus defectos estos proyectos tienen una
concepción inclusiva de los actores que permite trabajar en la prevención, ya
que estos privilegios funcionan para las "barras" no
violentas. Respecto al trabajo coordinado entre todos los actores del
fútbol para la prevención de la violencia es un modelo ideal que cuando se
ponga en práctica, si alguna vez se hace, seguramente fallará. Es un
modelo ideal, basado en la lógica de la inclusión de todos los actores
para la solución del problema. Obviamente que unir actores que tienen lógicas
muy distintas, como los medios de comunicación y el Estado,
es problemático. Pero es un buen punto de partida. El estatuto del
torcedor en Brasil puede ser un modelo interesante a tener en cuenta. Una
normativa que deje en claro los derechos y las obligaciones de los
espectadores, con sanciones claras para los que violan las normas.
- Hay cosas interesantes que provienen
desde Colombia y Brasil en efecto. En un contexto como el argentino, donde el
fenómeno lleva muchos años y mucho arraigo, ¿quién puede dar ese primer paso
pensando en una inclusión genuina? ¿Cómo lograr que alguien dé ese primer paso?
Creo que lo sucedido con Hinchadas Argentinas para el mundial de FIFA de
Sudáfrica 2010 fue más bien una sátira, aunque detrás de los vicios quizás se
puedan rescatar algunas ideas conceptuales. No lo sé.
- El primer paso lo tiene que dar el
Estado, con políticas creativas que superen la represión y judicialización de
la violencia. Se debe incluir en las políticas de Estado a la AFA y a los
clubes; es necesario incluir a todos los actores pero debe ser el Estado el que
dice cómo. Los organismos de control deben tomar la iniciativa y pensar formas
de inclusión que logren que las “barras” dejen la violencia como señal de
distinción. El problema es que este tipo de acciones son rechazadas
radicalmente desde los medios de comunicación y el sentido común. La
experiencia de Hinchadas Unidas muestra que los grupos pueden controlar la
violencia si lo desean. Se debe tomar esos vínculos para armar una relación que
supere la negociación coyuntural, que incite a modificar la lógica del
“aguante” violento. Hace algún tiempo escribimos una serie de propuestas con
algunos colegas (Alabarces, Moreira y Sodo), pensábamos que nuestras
investigaciones podían ser un insuma para las políticas públicas que busquen
prevenir la violencia en el fútbol. En líneas generales planteábamos la
necesidad de dar cuenta que el fenómeno de la violencia en el fútbol sólo podía
ser modificado cuando todos los actores del ámbito reconozcan su rol en el
problema; es necesario darnos cuenta que todos somos responsables –en distintas
dimensiones pero responsables al fin- de la construcción del fútbol como un
espacio que legitima la violencia. Por ello planteábamos la necesidad de un
diálogo que incluya al conjunto de los actores en la resolución del problema,
un proceso de diálogo que tenga como objetivo modificar el carácter positivo de
la violencia.
- Hay ya algunos estudios en efecto sobre los grupos más
radicales en los estadios. Los hay en Inglaterra y hay algunos dispersos en
varios países. En Argentina tu estudio constituye una de las primeras
etnografías en ese sentido, un trabajo que quedará como referencia para futuros
estudios. En ese sentido me gustaría hacerte unas preguntas relacionadas. ¿Por donde crees que deben venir los
próximos estudios? ¿Qué nos urge estudiar en este fenómeno? ¿Qué consejo
le darías a un estudiante que desee aventurarse en este campo (o sub-campo)?
- No podemos olvidar los trabajos de
Moreira sobre el club Independiente de Avellaneda y su relación con la hinchada
y los de Gil sobre el club de la ciudad de Mar del Plata, Aldosivi, que si
bien no trabajaron lo mismo tienen muchos puntos en común y son excelentes. Respecto a
la primer pregunta: me parece interesante profundizar las relaciones entre
clase y violencia; hemos repetido hasta al cansancio que no existe una relación
directa entre violencia y sectores populares ya que la composición de las
"barras" es sumamente heterogénea pero resulta significativo que
estos grupos heterogéneos tomen representaciones de los sectores populares para
lograr la identificación con el “aguante”. Además, me parece necesario pensar
la relación entre violencia y estilo juvenil; y, también, los vínculos entre la
violencia y el placer corporal. Los
consejos que puedo dar tienen que ver con la necesidad de eliminar los
prejuicios; sabemos que es imposible totalmente pero es necesario intentar
entender estos fenómenos -como todos los fenómenos sociales- sin preconceptos.
Cuando trabajamos temas de violencia es mucho más difícil porque toca nuestra
moral de forma más directa pero deberíamos poner nuestras ideas sobre la
violencia en un costado para poder llegar a buen puerto. Me parece también que
un buen consejo es manejar la presentación con nuestros futuros informantes de
tal forma de no ser catalogados negativamente. La presentación inicial que uno
hace es importantísima para el futuro de nuestras relaciones de campo, es
necesario que para que estas no queden truncas, buscar las estrategias
argumentativas para no ser definido como policía o periodista dos categorías
negativas en el mundo de las “barras”. Es entonces necesario vincularse en la
presentación con la universidad, con lo académico.